jueves, 19 de marzo de 2020

Tarea 1



Esta actividad de producción de texto está pensada para que sea realizada en el cuaderno de deberes o lo que destinen como tal (por ejemplo hojas).
Deben numerarla como Tarea 1 y deberá ser entregada a finales de abril en fecha a confirmar.

En el cuaderno deben copiar la propuesta, no este texto, y realizarla.

TAREA 1

A partir de la lectura del texto  "El tamborilero mágico" escoge una de estas dos propuestas y realízala.


-         Inventa un final para este cuento.
              -         Haz una breve descripción del tamborilero.

El tamborilero mágico
de Gianni Rodari   
                                                                                                                                                                                 Erase una vez un tamborilero que volvía de la guerra. Era pobre, sólo tenía el tambor, pero a pesar de ello estaba contento porque volvía a  casa después de tantos años. Se le oía tocar desde lejos: barabán, barabán, barabán…
Andando y andando encontró  a una viejecita.
-          Buen soldadito, ¿me das una moneda?
-          Abuelita, si tuviese, te daría dos. Incluso una docena. Pero no tengo.
-          ¿Estás seguro?
-          He rebuscado en los bolsillos durante toda la mañana y no he encontrado nada.
-          Mira otra vez, mira bien.
-          ¿En los bolsillos? Miraré para darte el gusto. Pero estoy seguro de que… ¡Vaya! ¿Qué es esto?
-          Una moneda. ¿Has visto cómo tenías?
-          Te juro que no lo sabía. ¡Qué maravilla! Toma, te la doy de buena gana porque debes necesitarla más que yo.
-          Gracias, soldadito –dijo la viejecita-, y yo te daré algo a cambio.
-          ¿En serio? Pero no quiero nada
-          Sí, quiero darte un pequeño encantamiento. Será este: siempre que tu tambor redoble todos tendrán que bailar.
-          Gracias, abuelita. Es un encantamiento verdaderamente maravilloso.
-          Espera, no he terminado: todos bailarán y no podrán pararse si tú no dejas de tocar.
-          ¡Magnífico! Aún no sé lo que haré con este encantamiento pero me parece que me será útil.
-          Te será utilísimo.
-          Adiós, soldadito.
-          Adiós, abuelita.
                  Y el soldadito reemprendió el camino para regresar a casa. Andando y andando… De repente salieron tres bandidos del bosque.
-          ¡La bolsa o la vida!
-          ¡Por amor de Dios! ¡Adelante! Tomen la bolsa. ¡Pero les advierto que está vacía!
-          ¡Manos arriba o eres hombre muerto!
-          Obedezco, obedezco, señores bandidos.
-          ¿Dónde tienes el dinero?
-          Lo que es por mí, lo tendría hasta en el sombrero.
                     Los bandidos miran en el sombrero: no hay nada.
-          Por mí lo tendría hasta en la oreja.
                  Miran en la oreja, nada de nada.
-          Os digo que lo tendría incluso en la punta de la nariz, si tuviera.
Los bandidos miran, buscan, hurgan. Naturalmente no encuentran ni siquiera una moneda.
-          Eres un desarrapado –dice el jefe de los bandidos-. Paciencia. Nos llevaremos el tambor para tocar un poco.
-          Tomadlo –suspira el soldadito-, siento separarme de él porque me ha hecho compañía durante muchos años. Pero si realmente lo queréis…
-          Lo queremos.
-          ¿Me dejaréis tocar un poquito antes de llevároslo? Así os enseño cómo se hace ¿eh?
-          Pues claro, toca un poco.
-          Eso, eso –dijo el tamborilero-, yo toco y vosotros (barabán, barabán, barabán) ¡y vosotros bailáis!
  Y había que verlos bailar a esos tres tipejos. Parecían tres osos de feria.
 Al principio se divertían, reían y bromeaban. 
-          ¡Animo, tamborilero! ¡Dale al Vals!
-          ¡Ahora la polka, tamborilero!
-          ¡Adelante con la mazurca! 
Al cabo de un rato empiezan a resoplar. Intentan pararse y no lo consiguen. Están cansados, sofocados, les da vueltas la cabeza, pero el encantamiento del tambor les obliga a bailar, bailar, bailar…
-          ¡Socorro!
-          ¡Bailad!
-          ¡Piedad!
-          ¡Misericordia!
-          ¡Bailad, bailad!
-          ¡Basta, basta!
-          ¿Puedo quedarme el tambor?
-          Quédatelo… No queremos saber nada de brujerías…
-          ¿Me dejaréis en paz?
-          Todo lo que quieras, basta con que dejes de tocar. 
Pero el tamborilero, prudentemente, solo paró cuando los vió derrumbarse en el suelo sin fuerzas y sin aliento. 
-          ¡Eso es, así no podréis perseguirme! 
Y él, a escape. De vez en cuando, por precaución, daba algún golpecillo al tambor. Y enseguida, las ardillas sobre las ramas, las lechuzas en los nidos, obligadas a despertarse en pleno día… 
Y siempre adelante, el buen tamborilero caminaba y corría, para llegar a su casa.                              


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